Liliana Heer

Contratapa
Primer capítulo
Presentación
Reseñas
Carta a Yoko Ogawa
Entrevistas
Instantáneas


<



©2003
Liliana Heer

 

 

Yoko Ogawa 

Por Liliana Heer

Escribirte Yoko -criatura de mar, niña de sol-, eso quería. Primero pensé enviar mi ADN a Japón para que lo compares con el tuyo. Algo ocurre en nuestra manera de andar inoculando en las historias bombones envenenados. De repente, una frase dispara exceso. Creo que la adicción por más hace estallar el hasta ahí, entonces los No sueltan fórmulas curvas, despiden esquirlas a numerar o simplemente se extienden como ríos entre huecos sedientos de lamer. Ebriedades asmáticas, escombros tenaces en perforar la planicie. Words, swords: palabras, espadas.     

¿Lenguaje político, hábil en trastornar el curso  de algún mandamiento?
En tren de confesiones, mentí al escribir que conocía  el Laboratorio de especímenes del Doctor Deshimaru  -las dos sabemos que no era doctor. Además, fingí ser amiga de su asistente, dije que durante años había alternado con esa joven igual a nadie, entregada a los poderes de un hombre mayor. Me apropié de algunos datos, conté que nos encontrábamos en la gran tina, último reducto del edificio situado en una zona residencial con cientos de salones, aulas, cuartos, pasillos, recovecos. Situé la construcción -en otra época un convento de señoritas- en Kioto, sin omitir detalles, por ejemplo: todavía pulsa el piano alguna profesora; sin escatimar invenciones: un relicario del Pabellón de Oro pendía de su cuello. La fábula terminaba en un streep teasse de miembros inferiores; después de quitarle las zapatillas de piel negra, acariciaba sus pies suaves como telarañas, sin vestigios del andar ni huellas delatoras. 

Primero pensé enviarte mi ADN, luego resolví escribir tu nombre en el poema Capone en septiembre. Sí, dediqué mi último libro a Yoko Ogawa –niña de sol, río pequeño- pensando que sonreirías al leer la escena en que el padre de Angie se pregunta y se responde:  Quien quiere hijos /Carne, a la sartén. 

No sé qué habría escrito si hubiese leído La piscina antes de concluir Capone en Septiembre. Él dice en momentos claves: Mejor seguir matando.

En su cara, siempre luce la cicatriz; tuve la precaución de mantener en absoluto secreto la posibilidad de convertirla en espécimen.       

Una y otra vez experimento sobresaltos cuando evoco alguno de tus libros. El centro del equilibrio de las fuerzas crepita en los episodios de abuso de poder. La Piscina íntegra, sostiene una tensión inigualable. Hay dolor, fascinación, suplicio. Trilogía espumante. Vaporoso fermento del solitario devenir de Aya, la única no huérfana del Asilo Hikari, hija adolescente de padres consagrados a cuidar la infancia.   

Volviendo a las equivalencias, compartimos algunos malabares contra los ruidos sanguíneos.

Angie, en Capone, intenta levantar el humor familiar con dinamita, elegir entre mil ideas una: ser huérfana a voluntad. Mientras envenena los pechos de su madre para suprimir al hermano mamón.

Aya le promete algo delicioso a la pequeña Ríe. Se trata de un pastelillo podrido hermosamente dispuesto en una caja blanca; y más, ella siente un insoportable placer cuando los inocentes labios de la criatura, la garganta, su lengua se entregan a probar el repulsivo dulce.

¿Este y oeste en los pliegues abolidos del mal por el mal? 

Nuestra crueldad es tramitada en diferente estilo, si bien ambas distraemos al lector con recursos cinematográficos, haciendo cadena, precipitando aconteceres que congelan el enseguida es demasiado tarde, tu narrador profundiza sutilmente la acción hasta desnudar -sin juicio manifiesto- la mala pasada del destino cuando la protagonista sabe que ha sido descubierta; en tanto mi narrador se ampara en lo satírico, bajo una traviesa cortina irónica, salvaguarda la impunidad.

Prometo enviarte en breve una encomienda, no tengas cuidado  al abrirla leas la palabra Frágil.

Tuya.
Liliana Heer